Ante el fenómeno de la aldea global, como lo definió McLuhan, en donde todo lo que sucede en el globo, e incluso más allá de las esferas de la tierra, resulta ser de fácil acceso e incluso de fácil adquisición y aprehensión, países como Colombia se cuestionan su participación y su papel en el escenario mundial. Pero para identificar a ciencia cierta cómo Colombia puede aparecer, sin los rótulos o estereotipos ya existentes en toro a nuestra cultura, e incluso participar en ella es imprescindible responder a la vieja pregunta: ¿Quiénes somos? Para dar una respuesta precisa y exacta a esta pregunta ancestral, es necesario recurrir a la búsqueda de una identidad nacional que nos permita estar inmersos en estos procesos de cambios mundiales, pero que también nos de la capacidad de darnos cuenta de quienes somos realmente y es allí donde la memoria histórica nos permite y nos oriente al reconocimiento de nuestra identidad.
Si queremos realmente tener una memoria histórica debemos partir del hecho de que hemos nacido de una amalgama de cultura, nos debatimos en una dicotomía en donde nos identificamos fácilmente con el resto del mundo y nos sentimos orgullosos de nuestra identidad colombiana pero al mismo tiempo nos duele reconocernos diferentes al resto, nos concebimos tanto pero al mismo tiempo tan poco. Reconstruir nuestra memoria histórica es saber que en nuestras venas corre sangre del indígena que recorría el territorio colombiano viviendo del trueque y de las bondades de la tierra que le toco en suerte vivir, recorre también nuestras venas la sangre del español forjado y educado a punta de tradiciones moras y católicas, quien llegó a las tierras habitadas por el indígena y las tiñó de sangre en pro de promulgar "la verdadera doctrina y la civilización" y finalmente nuestro cuerpo vibra al ritmo del cuero de un tambor que llama a nuestra África ancestral.
Nuestra identidad cultural es tan vasta, pero tan difícil de definir, somos hijos y legado de siglos de tradiciones y culturas tan diferentes entre ellas, como ricas en sabiduría y manifestaciones populares. A través de nuestro territorio la unión de nuestras tres culturas madres ha dejado tradiciones y concepciones del mundo tan diferentes que podemos saber nuestro origen al tejer una mochila y leer en este tejido todo nuestro saber ancestral o podemos quizá encontrarnos ante un ritmo cadencioso que nos obliga a arrastrar un pie para recordar la cadenas de una esclavitud que no queremos volver a tener o también podemos escucharnos y comprendernos en el idioma que a pesar de ser impuesto y ser aprendido a costa de sangre y dolor, nos permitió comenzar a formarnos como país y por medio del cual nuestra memoria histórica es más comprensible.
Hablar en estos días de la reconstrucción de nuestra memoria histórica es hace consciencia nuestra identidad cultural y es hacernos participe de ella, es saber y no olvidar los errores históricos que se han cometido y que nos han costado tantas vidas, tener una consciencia histórica es evitar la impunidad y el olvido y llegar a ser más dignos. Tener una memoria histórica real fuera del falso patriotismo y el exceso pesimismo, implica que Colombia tenga un papel en la esfera mundial más allá del narcotráfico, la prostitución, el sicariato, las drogas y el café. Trabaja como sociedad para promulgar una memoria histórica generará que dejemos de buscar ser más extranjeros que nacionales, ayudará a que nuestros jóvenes no bajen la mirada al encontrarse diferente físicamente al extranjero, erradicará la concepción de que todo lo que viene afuera es mejor y nos permitirá concebirnos como una cultura competente y capaz de interactuar económica, política y socialmente a nivel mundial.